DOS PEQUEÑAS ESCENAS DE CELOS

Los padres a veces nos volvemos tontos con las cosas que hacen nuestros hijos y sobre todo cuando son pequeños. En esa época en la que van teniendo su propia personalidad y nos tiranizan con sus caprichos y con sus carantoñas. Nos llegan a sacar de quicio y cinco minutos después han conseguido que nos los estemos comiendo a besos, eso sí, si ellos tienen ganas de que se los demos.

Reconozco que como estoy en un momento un poco blandito de mi vida, en el que agradezco cualquier muestra de cariño, también estoy un poco predispuesta a disfrutar de esos momentos y no sé si será bueno o malo, dejo que Héctor me tiranice un poco.

Por otro lado es muy gracioso como desde hace unos días está un poco posesivo conmigo. Su mamá es suya y de nadie más. Ha habido dos momentos de morirse de risa, y yo quiero que se me queden grabados en la memoria y en la retina, por lo simpáticos e inocentes, y no exentos de cierta picardía.

El primero fue el sábado por la mañana. Se había venido a dormir con nosotros a mitad de la noche (supongo que por algún sueño o por estar a oscuras, nunca lo dice). Cuando nos despertamos por la mañana a la voz de "¡¡Levantaros!!", Fernando se acercó a mí y me abrazó. Se nos queda mirando y nos dice:
- ¿Por qué estais tan juntos? ¡Cada uno en su almohada! (mientras me tiraba de la cabeza).

Al día siguiente, cuando se iba a dormir, y en el momento de las despedidas oportunas, Fernando le coge en brazos. Me acerqué y di un beso a Fernando, cuando de repente oimos entre medias de los dos: "¡Ejem, ejem!", con el puñito tapándose la boca y riéndose con cara de pícaro.

Espero vivir muchos momentos de estos, recordarlos y compartirlos. Supongo que son comportamientos que se repiten en la mayoría de los niños, pero ya se sabe que para cada uno el suyo es el más listo y el más guapo!!!

RETENER EL TIEMPO

Hoy me han cambiado el tratamiento. He aceptado entrar en un ensayo clínico. No sé si eso es bueno o es malo. Lo que sí me consta es que puede ser una ayuda para otras personas. Siempre me consuela pensar que todas las cosas que me están pasando puedan ser una ayuda para otras personas.

Pero mientras, hay momentos duros. Siento que mi vida es una carrera de fondo y a la vez a contrarreloj. Tengo que estar fuerte para ir cubriendo etapas y a la vez no quiero que se me escapen una serie de cosas que quiero hacer. Cosas que cualquier persona las consideraría como algo rutinario en su vida y que para mí son de un valor inestimable. Ir al campo, de excursión, a Madrid en tren con Héctor, de vacaciones con Héctor y Fernando; tener charlas relajadas con los pies encima de un sofá con amigas mientras tomamos un té o una cerveza, según la hora. Otras ya ni siquiera las considero. Antes contaba con hacerlas en un futuro. Pero la posibilidad de futuro se va acortando y con él las actividades extraordinarias.

La incertidumbre de una nueva medicación, o más bien de sus efectos secundarios; de los posibles ingresos en el hospital, de la pérdida de tiempo... de mi valioso tiempo. Necesito ese tiempo. No lo puedo perder. Lo quiero. Quiero ese tiempo para compartirlo con la gente que está a mi alrededor, para enseñarle a Héctor cómo se disfruta de la vida, cómo se puede ser responsable y a la vez pasarlo muy bien... y que de hecho si hace las cosas bien hay más posibilidad de pasarlo en grande.

Someterme a un nuevo tratamiento es como mojarme las manos para poder retener al arena y que no se me escape entre los dedos. Eso es lo que quiero hacer con mi tiempo: retenerlo.

LAS OCHO Y DIEZ.

Volvió sobre sus pasos. No le bastó con volver la vista atrás, sino que deshizo el camino para ver lo que había en aquél agujero. Era tan negro que recordaba al infierno. A esa idea que se tiene de pequeño de un infierno negro con seres de color rojo que se movían alrededor de un fuego que emitía reflejos también rojos..

Pero no era solo oscuridad lo que había allí. ¿Qué extraño sentimiento morboso le inclinó a asomarse a aquél lugar? El miedo le sobrecogía pero no se podía alejar.

Al cabo de un rato retrocedió por donde había venido y por el camino se forzó a olvidar y a pensar en cosas brillantes, de colores; en suculentos manjares que le proporcionasen una sensación agradable y le quitasen ese amargo sabor de boca.

Al llegar al pueblo entró en el bar en el que siempre se tomaba una cerveza al volver de su paseo vespertino. Julio, el camarero, le puso sobre la barra un doble sin apenas espuma de una rica cerveza negra, bien reposada después de tirarla. Le extrañó que Victor no se la llevase a los labios inmediatamente para dar el largo trago que le devolvía color a la cara. Siempre era igual. Aparecía por la puerta del establecimiento con un color de piel casi céreo debido al frio del invierno y poco a poco recuperaba el característico rosado de las mejillas.

Victor no hacía más que mirar su jarra y darle vueltas. Comparaba mentalmente los dos tipos de oscuridad. La cerveza tradicionalmente llamaba negra no era tal, sino tostada. Un marrón oscuro con ciertos toques cobrizos al pasar la luz a través del líquido y el cristal.

Decidió marcharse a casa sin terminar su consumición, no fuese que se hiciese de noche. Se disculpó diciendo que que estaba incubando un constipado, pagó y se fue.

- Si es que ya no tiene usted edad para salir al monte con este frío, Don Víctor. Cualquier día nos va a dar un disgusto - le decía Julio mientras le cobraba. Pero él sabía que aquello no era ni un constipado ni cosa de la edad. Chasqueó la lengua, movió la cabeza negando y siguió limpiando la cristalería. Todo debía estar perfecto para cuando llegase el grupo municipal a cenar. No todos los días viene el alcalde a saborear las deliciosas tapas caseras que preparaba su hermano.

Victor llegó a casa y apenas probó bocado. Se marchó directamente a la cama en cuanto cayó la luz de la tarde. No se atrevió a apagar la luz; no quería sentirse rodeado de oscuridad. Tenía 72 años y era viudo desde los 50. Desde entonces había guardado luto por ella; no la podía olvidar. Llevaba flores a su tumba cada martes, el día de la semana en el que ella se marchó. Veintidos años sin faltar un solo martes, hiciese sol, lloviese o nevase. Seguía viéndola entrar por la puerta de casa diez minutos después de las ocho de la tarde, cuando cerraba su tienda de flores. Unas veces con un ramo en la mano, otras con una maceta y siempre con la sonrisa que a él le alegraba tanto el corazón. Cuando entraba, la casa entera parecía saludarle e incluso llegó a sentirse celoso de la puerta de la entrada, pues la tocaba antes que a él, que era el que esperaba con anhelo el beso de las ocho y diez de la tarde. El mismo que le dió aquél trece de junio de hacía ya veintidos años y cerró los ojos para nunca más volver a abrirlos. Aquél día, en lugar de llegar se marchó para nunca más volver. Desde entonces, Victor no estaba en casa nunca a aquella hora. Esperaba en el bar hasta la hora de cenar. No podía soportar que la puerta no se abriese.

Aquella noche pensó en el oscuro agujero y en la atracción que había tenido sobre él. Le vino a la cabeza como su mujer cerraba los ojos e intentó imaginar que vió en su último instante de vida... y solo podía ver oscuridad. La oscuridad del agujero que se hacía cada vez más grande y se acercaba a sus pies a punto de engullirlo.

Se despertó empapado en sudor. Había sido una pesadilla. Se levantó y sin siquiera desayunar salió a la calle y recorrió el mismo camino que el día anterior. Llegó hasta la Loma de la Encina igual que la víspera, pero no había ningún agujero. Dió vueltas y vueltas por la zona. Sin entender nada se sentó bajo el árbol dónde él creía que había estado el día anterior y suspiró.

Julio echó en falta a Víctor esa tarde; Don Víctor, como todo el mundo le llamaba. Mandó a uno de sus hijos, el más pequeño, a su casa a ver si le había pasado algo.

- Si es que este hombre, tan mayor y solo...si ya me parecía a mí ayer que no estaba bien. Anda, Felipe, vete a casa de Don Víctor a ver si necesita algo. Y Felipe volvió como se fue; sin saber nada. No estaba en casa. A Julio aquello no le gustó nada y como en ese momento aparecía por la puerta su otro hijo le dijo que se fuese al monte a buscar a Don Víctor.

- Si es que no puede ser. Si es que a sus años un traspiés puede ser fatal - y chasqueó la lengua y negó. Una hora después llegó una cuadrilla de la Policía Local. Habían encontrado a Don Víctor sentado al pie de una encina, allá en la Loma. Una sonrisa se dibijaba en su boca y por el buen color de su cara parecía dormido.

Por el pueblo se corrió la voz de lo sucedido y cada cual comentaba lo que le parecía. Unos que si había sido un infarto, otros que si su primo también se quedó con una sonrisa cuando le dió la embolia el verano enterior, pero menos mal que fue en casa y estaba su sobrina con él; otros, los más, que a quién se le ocurre, con el frío que estaba haciendo ese invierno, ir hasta la Loma... Pero Victor cerró los ojos sin comprender lo que ocurría... y en ese momento volvió a ver el agujero y la oscuridad a sus pies. Extendió su mano para tocar el borde y un beso se posó sobre su mejilla. Eran las ocho y diez cuando se reunió con su esposa al otro lado de la oscuridad...

PUERTO DE PIEDRASLUENGAS.

Volaba a gran altura por aquél desfiladero contemplando su grandiosidad en todos y cada uno de sus rincones, vueltas y revueltas. Planeaba a gran velocidad con unas alas imaginarias y escuchaba los dulces sonidos que se desprendían de las rocas al paso del viento.

Poco a poco deceleraba al llegar a un recodo. Todo se detuvo en apariencia, incluso temí por su desaparición, pero el miedo se esfumó cuando, al bordear una pared granítica, la belleza que antes había observado se acercaba a la fealdad al lado de la maravilla que surgía tras la pelada grieta.

Volaba y volaba al salir del desfiladero y acabar en ese gran valle surcado por rios, alimentándose mutuamente para un ensalzamiento más divino que terrenal que espera a ese alma que pueda sentir la brisa que mece los verdes prados.

Paterna, 2000

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Esto salió después de haber soñado que me salía de una curva con el coche en el Puerto de Piedrasluengas, entre Palencia y Cantabria. Paso por allí cada año y reconozco perfectamente la curva del valle, así como un pequeño desfiladero al que algunos llaman la Pequeña Hermida, ya que es un recuerdo minúsculo del gran desfiladero de la Hermida, en Cantabria, que son curvas y curvas de piedra (dicen que 365???).

CIELO BLANCO

Tras un primaveral otoño que parecía eterno y un día de Reyes a 25 grados, hoy el cielo se ha vuelto blanco y el ambiente muy frío. Parece incluso frío en todos los aspectos. Todo a mi alrededor se ha congelado, como las imágenes de esos flash mob, en los que todo el mundo se para y se puede caminar entre ellos. Pues eso es lo que me parece a mí que me va a pasar cuando salga a la calle. Todo será como ayer, y como antes de ayer y como antes de antes de ayer, pero con el cielo blanco. Es mi deber, mi obligación conmigo misma, el utilizar toda esta carga de vida que tengo hoy y que es completamente para mí y quién la quiera aprovechar conmigo hasta las 6 de la tarde. Hora en la que toda esa vida la compartiré con Héctor. Se la daré directamente para que él tenga más; para que tenga unos ahorrillos de vida en su banco personal y los use cuando quiera o le hagan falta. Sería bonito, verdad? En lugar de dar aguinaldo en dinero en Navidad o dar dinero en las celebraciones o aniversarios, tendrían que darnos un número de cuenta para meter ahí un poco de nuestra vida... para lo que venga en el futuro.

De momento, sólo hay un cielo blanco y un deseo de compartir y repartir vida.

INDEPENDENCIA E INUNDACIÓN

Y al final se fueron a vivir juntos. Era el colofón de una larga y buena amistad. Javi y Guso se habían conocido años atrás en la Universidad y sufrieron juntos alegrías y penas, aprobados y suspensos, historias de amor, borracheras y algún que otro mosqueo. Pero al final y en un momento en el que en la sociedad estaba en ebullición el tema de las parejas de hecho, consiguieron su objetivo: alquilar un piso y marcharse de casa de sus padres.

Más nunca hay que buscar un trasfondo dónde no lo hay. En las bambalinas de aquél escenario no había ninguna historia morbosa ni aberrante, sino únicamente lo que se veía, tal vez extraño por lo evidente. Dos amigos se apoyaban mutuamente en el momento en el que más se necesitaban.

Hacia octubre o noviembre del año anterior decidieron qué piso se quedaban. Fue una especie de ganga conseguida a través de una amiga de la facultad. Solamente necesitaba una reforma que corría por cuenta del casero y ya podían entrar en él. Un par de meses y solucionado.

Pero sí, sí. Aquello parecía convertirse en una segunda obra del Escorial. "¿Qué tal va vuestra casa?",preguntaban unos. "Bien, bien, hoy ha ido el pintor y he estado tomando medidas para ver cómo organizo los armarios", contestaba Guso. En otras ocasiones se oía comentar a Javi: "Bueno, pues ahí está, yo que sé... ", aderezado con su profunda y grave voz. Y parecía que nunca se iba a terminar.

Hasta que un día de marzo comenzó la mudanza. Fue tan de repente que muchas de las personas que habían preguntado por el tema no pudieron reparar en lo que ocurría. A otros casi se les había olvidado. Pero ahí estaban, cargando caja tras caja, embalando discos, libros, cintas, CDs, ropa, zapatos y demás artilugios amontonados a lo largo de treinta años.

Para muchos era una situación envidiable. Piso amplio con posibilidad de no tropezarse, de mantener la independencia; económico para dos personas, en la misma zona de copas dónde solían quedar con los amigos, aunque algo apartado... En fin, casi perfecto...

Nunca mejor dicho: casi. Una semana duró aquello. A la semana siguiente el espíritu de los territorios ocupados se apoderó del piso. Destrucción y desolación vehiculados por una fuga de la espita de la cisterna que un fontanero roñoso había puesto de metal en lugar de un material plástico. En palabras de Javi, el agua que él en principio confundió con una gotera "era agua que subía hacia arriba como un geiser".

Tras el periodo de confusión y con ayuda del portero para cortar el agua y hacer desaparecer la que estaba en el suelo, comenzaron a aparecer los efectos devastadores del líquido elemento. Cintas de música mojadas y probablemente con la banda magnética borrada, carátulas de discos húmedas, la colección de libros de ciencia ficción de Guso presentaba una ondulación característica en todos y cada uno de los volúmenes. El parquet que la semana anterior llamaba la atención por lo brillante había saltado como por efecto de algún artefacto explosivo y por encima del rodapié se veía hasta dónde había llegado el nivel del agua.

Pero el desastre no había quedado confinado a la vivienda. Este tipo de desatinos suelen arrastrar a todo aquél que por suerte o desgracia está alrededor, o en este caso, debajo. Desde la calle se podía ver como se había calado la fachada. Al atravesar el umbral del portal el techo presentaba unas bolsas de pintura que no podían pasar desapercibidas ni al ojo menos observador. Pero al fin y al cabo eso no suponía más que llevarse pegado en el traje o en el pelo una pequeña lámina de cal o pintura. La imagen más subrealista era cómo había quedado la tintorería que se encontraba debajo del piso. No es difícil que cualquiera tenga en su cabeza la imagen de las tintorerías de toda la vida, con techos muy altos en los que se encontraban colgtados trajes de todas clases, colores y tallas, abrigos carísimos, vestidos de novia y communión destinados a ser guardados hasta mejor ocasión, o a usarse con la ilusión de que las polillas no se hayan dado un festín de organdí con guarnición de lazos y lentejuelas. Ilusiones colgadas de perchas, envueltos en papel y con un número asignado que en ocasiones son olvidadas por el propietario.

Ropas listas para ser llevadas a casa, ropas de limpieza en seco surcadas por gotas de agua con polvo, puntura, cal, arcilla y cemento disueltos que, por su propia insignificancia pueden ser el motivo de que indumentarias denostadas sean apreciadas como realmente se merecen por parte de algunos desagradecidos que aprovechan para cobrar algo del seguro.

Abril 1998

AQUÉL GATO

Aquél día fue a trabajar a la clínica de Maribel. Era una de esas pequeñas clínicas veterinarias del centro de la ciudad, pequeña y con ese aspecto que dan el paso de los años a los locales que no se reforman. Por los sucesos de los últimos meses podría decirse que emanaba cierta tristeza de sus paredes.

Maribel pertenece a otra generación de veterinarios. Veterinarios vocacionales en sus orígenes que se dividieron en dos ramas: la del amor a los animales y la del negocio puro y duro. Ella había escogido la primera, y por ello su corazón sufría enormemente con determinadas actividades que por ley de vida corresponden a esta profesión, como es el caso del sacrificio de un animal.

Aquel gato se encontraba en un domicilio cercano, tirado en una alfombra, acartonado de puro viejo y acompañado de su dueña que no tenía menos edad que su mascota, al compararlos. Bueno, eso de su mascota era un decir. Aquél animal estaba allí como podía pasar una mosca, posarse un gorrión en un aligustre o llegar un gusano en una lechuga del mercado. Su marido lo había traído de una carbonera y nunca le había faltado comida, agua, o arena para sus necesidades fisiológicas, pero si lo habían acariciado alguna vez en quince años fue pura casualidad. Y es que es cierto que hasta para nacer gato hay que tener suerte.

Depositó profesionalmente su maletín en el suelo, sacó el fonendo y lo auscultó. Tras una somera inspección general del animal corroboró la decrepitud del mismo y procedió a sacar el eutanásico, la goma de compresión, pinza de mosquito, jeringuilla, aguja... y nervios.

La dueña no cesaba de hablar, hablar y hablar. Contaba la historia del gato y de lo que iba a pasar después o lo que ella suponía que podía pasar después. Llegada una determinada edad la gente comienza a hablar de la muerte con una naturalidad espantosa.

- Bueno, hija. Yo prefiero no verlo. me voy a la cocina y cuando hayas terminado me llamas.

Terminado el trabajo, de forma rápida y tranquila, se acercó a la cocina, mirando hacia atrás y sintiendo cierta aprensión de dejar el cuerpo del gato tirado en aquella alfombra.

- Señora, ya he terminado. se ha dormido enseguida y muy tranquilo. Si me da una bolsita, lo meto dentro y me lo llevo.

- Ay! No, no. Si el gato se queda aquí, que ya se lo lleva mi marido a la tarde.

Mientras lo metía en la bolsa con publicidad de un supermercado de la zona, aquella pequeña mujer seguía hablando:

- Pues ahora dejaré al gato en la cocina con la bolsa abierta. Siempre pienso que algún día me moriré y ...¡mira que si no estoy muerta y me entierran viva! Así que voy a dejar la gato al lado de sus cosas todo el día no vaya a ser que resucite...

La angustia de la situación y la mala imagen que podía venir posteriormente se agarró al estómago de aquella pobre veterinaria. a la auscultación con el fonendo no distinguía ya los latidos del corazón suyos o los del gato. Hizo un poco de tiempo hasta que la temperatura del gato descendió y aún así no estaba muy segura.

Cuando salía por la puerta y miró hacia la cocina, su retina quedó impresionada por la imagen. El gato en un barreño de plástico azul, como dormido, mientras aquella anciana seguía rebozando pescado al son de una copla radiofónica.

MAYO 1998

¡Y A LOS 10 AÑOS RESUCITÓ!... (para horror de muchos vecinos)

- ¿Te has encontrado en la escalera al Vevo? - esa fue la pregunta con la que me recibieron en casa aquél miércoles a mediodía, a la vuelta del trabajo. Parecía una pregunta como otra cualquiera cuando no se conoce al personaje en cuestión y no se sabe que ha fallecido diez años atrás. Pero esa era la realidad y de ahí la perplejidad que se reflejó en mi cara.
- ¿Cómo dices?
- Qué si te has encontrado con el Vevo.
- ¡Pero cómo me voy a encontrar con él si hace diez años que se murió!
- Pues está en su casa.
- Bueno, bueno. Será el hijo que siempre se le ha parecido mucho.
- También; también ha estado ahí con él.

Yo ya no entendía nada. Aquella conversación era completamente subrealista; no tenía ningún sentido... aparente. Pero sí. Sí que lo tenía.

Los hechos sucedían en una calle sin salida pero con bastante movimiento al ser perpendicular a una avenida principal. Además tenía sucursales bancarias en ambas esquinas, un bar grande al fondo, un almacén de materiales de construcción así como varios negocios y oficinas en pisos con salida directa a la misma calle. La noche anterior mi madre había sido avisada por otra vecina de que la viuda del Vevo (es decir Veva, cuyo nombre real era Genoveva y por lo tanto lo del difunto era un alias) había sido ingresada en el Hospital de Aire por un fallo renal y que era posible que ya no se recuperase. En la visita que hicieron al hospital coincidieron con la familia de la enferma y oyeron cómo hacían cometarios varios; comentarios que en esos ambientes cuando alguien está allí por compromiso y sin ser directamente afectado, se cogen al vuelo. Parece ser que el hijo decía que tenía que trasladar al padre a Avila pues habían pasado diez años desde el fallecimiento y llegaba el momento de exhumar los restos, pero que, visto cómo estaba el tema iba a esperar a ver que pasaba, pues si se llevaba a los dos le salía más barato y sólo hacía un viaje.

La sorpresa fue verle llegar al día siguiente a las diez de la mañana en coche. Preguntó al encargado del almacén de materiales que si le ayudaba a subir un bulto a casa. Como se conocían desde pequeños la contestación inmediata fue que sí. Más si su alma lo sabe jamás hubiese accedido. Así, una persona tremendamente aprensiva y supersticiosa, se encontró sacando del coche y subiendo a un primer piso ni más ni menos que un féretro. Como suena, un féretro de tamaño natural que llevaba dentro los restos del finado... y allí lo dejaron, sin más, en el piso. Muy educado, el hijo del Vevo dió las gracias y se marchó a trabajar, mientras el encargado del almacén entró en el bar a tomarse un coñac.

No hace falta comentar que el asunto fue comentado durante todo el día por los vecinos de la calle, y parte de la noche. Parecía que el espíritu de aquél pequeño militar que tocaba la flauta travesera en la banda del Ejército de Tierra hubiese venido a llamar a las puertas de todos aquellos que le habían conocido. Las niñas que vivían en el piso de encima estaban aterrorizadas, pero aún más su psdre, que durante su niñez y parte de su adolescencia se había dedicado a fastidiar la vejez del flautista militar.

De ventana a ventana y de balcón a balcón los comentarios eran "no hay derecho que tengamos que aguantar esto", "estoy por irme a dormir a casa de mi madre", "oye, ¿esto empezará a oler?", "pues el perro cuando pasa por la puerta se para y husmea", "por Dios, ¿qué miedo!"...

Con la llegada de la noche, la angustia creció y a alguien se le ocurrió llamar a la policía, contando los hechos y añadiendo que se oían unos ruidos muy raros en la casa e incluso pasos. Con tanta revolución lo que se terminó constatando era que el féretro se encontraba en el piso y además de forma legal a la vista de los papeles que presentó el hijo del finado, ya que es difícil sacar del Cementerio de la Almudena un atúd debajo del brazo a las 9:30 de la mañana. La que se llevó un susto de muerte fué la vecinita del primero, que llegaba a su casa muy feliz después de haber estado celebrando su dieciocho cumpleaños y se encontró con ocho policías monumentales a oscuras en el portal. Algo que a otra edad hubiese sido una alegría para la vista e iluminado un sombrío día.

LA HIPOCONDRIA PSICOSOMÁTICA DE MI PADRE (1994)

Terminamos la cena de Nochebuena y mi padre, con gran seriedad y preocupación, nos dice a mi madre y a mí:
- Tengo que contaros una cosa muy rara que me ha pasado. Cuando estaba paseando al perro por el parque ha comenzado a pasarme algo en un pie. De repente veo un agujero en el calcetín y tengo una herida en la planta del pie.
A lo que mi madre comenta, como si fuese lo más normal del mundo: - Entonces eso es del ácido de una bateria!!!
- ¡Pero si yo no he andado para nada con el coche! Además olían mucho a gambas el pie y el calcetín.
- ¡Cómo que olía a gambas?
Y ahí comento yo, cual listilla y puesta en el tema:
- Hombre, a lo mejor tenían algo de ácido bórico que está prohibido, pero imagina que si han hecho eso en un calcetín lo que pueden hacer en un estómago...(hay que decir que mi padre había estado pelando las gambas para la crema de marisco que mi madre iba a cocinar para la cena).
- ¡Ya me parecía a mí que las gambas hacían mucha espuma al freirlas en la sartén! ¡Pues voy a tener que tirar la crema de marisco! ¡Menuda faena!- Ras!!! La crema de marisco a la basura junto con las gambas peladas para hacer al ajillo...
A partir de aquí todo fue una auténtico coñazo por parte de mi padre; que si me encuentro mal, no sé si tomar un vaso de leche, qué hago, ¿vosotras estáis bien?...
Ya llegó un momento en el que me olí que nos iba a dar la noche. - Mira, o te callas, o potas o te vas a urgencias. Pero no des más la lata porque esto no puede ser, y ya está.
A la mañana siguiente viene mi madre a la habitación despepitada de la risa. Mi padre se había levantado repitiendo la misma monserga, que no se encontraba bien, que tenía la tripa revuelta, con diarrea y angustia, con tal y cual y pascual. Otra de las teorías que se le habían ocurrido en la vigilia nocturna era que como le estaban los zapatos algo grandes y se le salían le podía haber cagado un pájaro dentro del zapato y como ya se sabe que es tan corrosivo...
Se pone mi madre a mirar el zapato en cuestión y ve un clavo como un piano culpable de la dichosa nochecita de marras y que aún no sabemos como no se le clavó y le dió un tétanos.

HACE UN AÑO... HACE DOS AÑOS...


Es curioso cómo en las mismas fechas pueden ocurrir cosas relacionadas. Hace dos años el día 30 me operaron por primera vez y me diagnosticaron cáncer. Hace un año ingresé el día 30 porque veía que si no me iba a morir. Y es curioso también , y cuánta razón tenía Miguel (Pindado) cuando me lo dijo, que el cerebro tiene muchas maneras de defenderse y de olvidar las cosas malas para quedarse con las buenas. Ayer era Nochevieja y yo sentía una sensación de agradable nostalgia al recordar la visita de Zoltan y Cobi al hospital y lo agradable que me hicieron el día, contándome cosas del Parador de Alarcón, de la fiesta, de sus vacaciones en África, enseñándome el fotolibro... Y me resultaba gratificante recordar ese momento y compararlo con el actual. Sin olvidar que estoy enferma y que tengo limitaciones he podido sentarme a cenar con normalidad después de tres años sin celebrar estas "señaladas fiestas".

Ayer hubo tres momentos muy buenos. Uno de ellos fue poder decirles a Zoltan y a Cobi (que a la pobre casi le hago llorar) esto que ya he contado. Otro momento fue hablar con Irene y que me dijese que me quería (a mi se me olvida decírselo a la gente, y no es que no les quiera, es que no tengo costumbre). El último fue preguntarle a Héctor si quería que mamá fuese una mariposa, una princesa o qué. Y me contestó que quería que fuese una mamá, acompañado de un beso y un abrazo (aquí yo ya ronroneaba como los gatos).

Hoy voy a celebrar el día de Año Nuevo con Fernando, Héctor, Jose y Nuria y quién se apunte. Nos vamos a reir seguro y lo vamos a recordar como un buen día... y yo es lo que quiero, buenas sensaciones en las que con el paso del tiempo poder refugiarme.

Cosas como estas son las que hacen que las defensas estén altas, y que la quimio haga el efecto beneficioso que tiene que hacer, y compensan los madrugones, el dolor, las discusiones o los malos rollos vengan de donde vengan. Quiero llenar mi vida de esos pequeños ratos que veo al cerrar los ojos.

Feliz año 2012 rebosante de momentos agradables!!!