CARMEN

Poco a poco, según avanzaba  en el tratamiento con adriamicina y se me iba complicando la vida, mi ánimo decaía igual que perdía peso. Sólo quería estar en casa o en una habitación individual en el hospital, lo cual no siempre era posible. A finales de noviembre de 2010 estuve en una habitación con Carmen. En general, siempre me he llevado bien con todas mis compañeras del hospital, pero en aquella ocasión no había manera, y no era culpa suya, no. Era yo quién no estaba por la labor de escuchar dramas... y su vida lo era.

Carmen era una madre soltera con un hijo de 19 años. Su pareja se marchó de casa cuando el niño tenía seis meses. Y además nunca más quiso verles, aunque vivía en Valencia y tenía una nueva familia. Hasta que murió, su madre fue su única ayuda. Me contó que tenía unas tías en Valencia con una buena posición y además dinero, que pusieron como excusa para no ir al entierro de la madre que tenían que acudir a un cóctel.

Me contó que en una revisón rutinaria tras cuatro años sin recaidas y a punto de darle el alta definitiva la dieron la mala noticia de que tenía afectados los huesos. Decía que ella era muy optimista y se iba a curar. Además se buscaba entretenimientos como hacer pequeños jerseys de lana para su perrita chihuahua y ver culebrones. Me decía que ella había sido muy guapa, pero que el físico ya no le importaba. Todo eran elogios para su hijo; que era muy bueno, muy guapo, muy trabajador, aunque en ese momento estaba en el paro, y que tenía una novia que era muy buena chica. 

Durante los dos o tres días que estuve con ella, solamente la última mañana recibió una visita de una amiga y la de su hijo. Tampoco me parecía raro ya que yo tampoco recibía muchas visitas los días de diario. Afortunadamente, cosa rara en los tiempos que corren, mis amigos estaban trabajando, e imagino que los suyos también. Y además desde el pueblo en el que ella vivía hasta el IVO no es fácil llegar si no se tiene coche, no por la distancia, sino por la mala comunicación con el transporte público.

Todas estas cosas me las contaba con un tono lastimero, como quién está acostumbrado a dar pena. Y yo ya estaba hasta las narices de historias lacrimógenas, incluidas las mías. Me pasaba los días llorando y no quería que nadie más me contase historias tristes ni de enfermedades. Creo que no fui muy justa con ella; ni siquiera hice el más mínimo intento de ser amable o conversar. Me limitaba a la mínima respuesta a sus preguntas o a asentir cuando me hablaba. No es que lo sienta, pero... no me hubiese gustado que me lo hiciesen a mí.


LOLA Y COMPAÑIA

La historia de Lola es, con diferencia, la más divertida y peculiar por muchos factores. Cuando a Lidia, mi anterior compañera de habitación, le dieron el alta, pasé la tarde sola, aunque ya me avisaron que iba a llegar una nueva paciente, que al parecer se estaba retrasando. Sobre las 9 llegó una parejita joven. El era alto y delgado, guapo dentro de lo normal, y ella era una morena de pelo largo, con un vestido muy mono y un maquillaje discreto.

Poco antes de irnos a dormir recibió una llamada de su madre, que por lo que ve quería estar en el hospital a las 7 de la mañana. Lola intentaba convencerla de que no acudiese tan pronto, porque no le iban a bajar al quirófano hasta más tarde y que además tenía una compañera de habitación y era mejor no molestar. Después de ver un poco la televisión, nos fuimos a dormir.

No sé qué hora sería, pero si no eran las siete serían cerca de las 8, pues a esa hora entran las enfermeras a tomar las constantes. Noto que la puerta se abre y comienza a entrar gente. Cada vez que  erraba los ojos aparecía alguien nuevo y oía como Lola susurraba "Iros, por favor, que está la compañera durmiendo. Por favor, iros a desayunar y luego volvéis". Cuando ya me despierto completamente veo que tengo la habitación llena de gitanos. Una de ellas era la madre, muy discreta ella, otra la tía, que no tenía nada de discreta, el padre, chulo y distante frente a la televisión, y otros individuos que eran hermanos, primos y no sé cuánta más familia. Uno de ellos, el más grande y arreglado de todos se encargaba de pedirme perdón por las molestias y de ir llevándose a la gente, cuñado incluido, a desayunar o a lo que fuese. Cuando conseguía llevarse una remesa, aparecía una nueva.

Más o menos una hora después se la llevaron a quirófano, aunque volvió en seguida, y la riada de personal también. El mejor era un señor muy mayor, de talla muy pequeña y todo vestido de negro, con sombrero, que resultó ser el abuelo, y el más sabio. Le decía a su nieta "Lola, el que realmente te aprecie, hoy vendrá, te dará un beso, se quedará 10 minutos y después se marchará". Estuve a punto de aplaudirle y hacerle la ola. Hacia el medio día ya sólo quedaban en la habitación la madre, una tía, y tres chicas jóvenes que debían ser hermanas y primas... sin callar un solo momento.

En uno de esos pequeños momentos en los que había poca gente en la habitación, Lola me mira y me dice eso de "tu cara me suena. Yo te he visto antes". Yo, con los ojos como platos le digo que no sé. Y empezamos a hacer un repaso: pues yo vivo Paterna, pues mis padres también, pues eso es que nos hemos visto en Mercadona... Al poco rato entra un hombre, que no era gitano, y estuvo diez minutos escasos (era su jefe y venía a pagarle la nómina. Y ahí es cuando yo pienso que a ese señor yo le conocía.

Llega la hora de la cena y la riada humana que había en aquella habitación comienza a despedirse. Una despedida que no acababa nunca, porque los que entraban, se quedaban, otros salían, pero se encontraban con otros que llegaban... uno ya decía "si me queréis, irse; y cerrar la puerta por fuera". Cuando por fin se marchan todos ya pudimos hablar un rato. Lola me contó que ella en la vida se hubiese casado con un gitano. Quería mucho a su familia, pero no podía soportar la idea de vivir con sus tradiciones. Y por eso ni siquiera vivía en el mismo pueblo que ellos. "Los gitanos cuanto más lejos mejor" me decía.

El motivo de su visita al hospital era que tenía un papiloma uterino, a su vez trasmitido por su marido, el cual lo cogió de su ex mujer. Toma ya!!! Con un par de narices los dos. Ella por sacar los pies del tiesto y saltarse la tradición de los gitanos y casarse con un payo, y él, por meterse en ese tipo de clases sociales, tan complicadas y encima trasmitirle a la mujer una enfermedad cuyo origen era la exmujer.

Entonces volvimos a aquello de "tu cara me suena; pues a mí la tuya no" pero "a uno que ha entrado que no es gitano, a ese sí que lo conozco yo". Pues fue en ese momento cuando me enteré que era su jefe en una tienda en el Centro Comercial El Osito, y en ese momento lo entendí todo "¡Perosi tú me has vendido a mí el sofá de mi casa!!!".

Desde luego qué razón tiene el dicho ese de "el mundo es un pañuelo lleno de mocos y estamos todos en él". Hay que portarse bien en todas partes, nunca sabes quién te escucha. Pasé un día a verla por la tienda y había dejado de trabajar allí. Poco después cerraron la tienda. Me hubiese gustado verla una vez más.


LIDIA

Lidia fue una discreta compañera de habitación. Su marido, sus hermanas, amigas y ella misma eran todo cordialidad y naturalidad. Y sin dejar de ser cierto todo lo que digo, también hay que decir todo ello tapaba un miedo enorme que de vez en cuando salía a flote. Llevaba días ingresada a la espera de que hubiese un hueco para hacer una prueba más específica, ya que aparte de haberle detectado algo en el útero, también tenía una mancha inespecífica en en un pulmón. Cuando yo ingresé, con la misma finalidad, que era buscar un hueco para que me hiciesen una prueba, ya llevaba varios días allí. Y cada día que le decían que no le hacían dicha prueba, aquella mujer fuerte y sonriente se convertía en un río de lágrimas.

El fin de semana nos fuimos cada una a nuestra casa, para regresar el lunes. Llegó el momento en el que avisaron que en cualquier momento vendría un celador a buscarla. Aquella mujer tranquila se convirtió en un manojo de nervios durante la espera. Yo no me podía quedar así, viendo como se le iban a saltar las lágrimas y me puse con ella a hacer una de las  técnicas de relajación que me había enseñado Ana, la psicóloga.

Al día siguiente le dieron el resultado. Todo estaba bien; lo del pulmón había sido una falsa alarma. Creo que le faltó tiempo para saltar de la cama, arreglarse e irse no sin antes darme una beso y un abrazo.

Meses después la encontré en el mostrador de admisión. Estaba fantástica, como si nada hubiera pasado, aunque su operación tuvo alguna complicación que, pudiendo ser peligrosa, se quedó sólo en un susto. Me dijo que una de sus amigas me había visto por allí un día, y que me vio tan mal, que no se atrevió ni a acercarse a mí.

No he vuelto a verla... y supongo que es porque todo va bien.

AMPARO S..

Amparo S. ingresó en el hospital un día después que yo, en septiembre de 2010, y en la misma planta. Ella estaba en una habitación individual con Juan Carlos, su marido, y nos juntaron cuando el fin de semana siguiente cerraron una planta, cosa muy habitual los fines de semana. Dan lo que yo llamo "permiso penitenciario", es decir, mandan a los enfermos que no requieren vigilancia continua a su casa, bien todo el fin de semana, bien durante el día o simplemente a dar un paseo.

Volviendo al tema, Amparo y yo coincidimos en la habitación un viernes por la tarde, el mismo día que me habían afeitado la cabeza. Vi la expresión de sus caras, su descontento, su rechazo tanto a mi aspecto como a mi compañía. No recuerdo muy bien cómo pasamos de la charla de compromiso a las confidencias, a contar de qué estábamos enfermas, de nuestra vida en general.

Amparo y Juan Carlos llevaban casi toda la vida juntos. Ella era enfermera de la planta materno infantil del hospital de Gandía. Tenían una preciosa niña de 10 meses que se llamaba Carla. Durante el embarazo, cuyo seguimiento se lo hicieron en el mismo hospital en el que trabajaba, le detectaron  una hemorroide en principio sin importancia y muy habitual en embarazadas. A los tres meses de dar a luz tuvo una hemorragia y le extirparon dicha hemorroide de urgencia. Hicieron el rutinario análisis histopatológico del tejido y se encontraron con la sorpresa más desagradable que uno se puede encontrar en estos casos: un melanoma que pruebas posteriores constataron que estaba extendido por gran parte del organismo. A partir de ahí se llevó a cabo todo lo que se puede hacer en estos casos: radioterapia, quimioterapia oral, inyectable...

Todo esto y más me lo contó su marido en el pasillo cuando yo le dije que mi tratamiento era preventivo (cuan equivocada estaba yo y cuan equivocados los médicos...). Cuando ingresaron y su oncóloga vio los resultados de las pruebas, le dijo a Juan Carlos que no le que quedaban más que dos semanas y que en cualquier momento la sedaría... y ya había pasado una semana. Desde luego el aspecto no era el de una persona terminal y ella estaba convencida de que se iba a curar (desconocía la gravedad de su estado).

Unos días después nos separaron en habitaciones individuales para que tuviésemos más privacidad y a todos nos dio pena, de manera que nos hacíamos visitas, incluso cuando después de darme el alta iba al hospital para alguna prueba o nuevo ingreso. Lo último que supe es que, cuatro meses después, aún seguía ingresada, pero yo ya estaba muy débil y no seguí preguntando. Me daba miedo...


LAS DOS ABUELITAS

En mi primer ingreso tras comenzar la quimioterapia con adriamicina me tuvieron que hacer una trasfusión de sangre. Una de tantas que vendrían después. Fue también el ingreso más largo que tuve por esta causa. Los primeros días conocí a dos señoras encantadoras de las cuales no recuerdo los nombres, pero que al pensar en ellas ahora veo que tengo mucho que aprender de ellas. Ambas eran viudas y un ejemplo de superación en el día a día

La primera tenía dos hijas que le hacían compañía durante el día. Una de ellas tenía un problema al caminar. Me contó que era una chica normal hasta hace poco, con su piso, su trabajo ... En resumen, una vida normal de una chica joven. Un buen día le extirparon un tumorcito en la carótida. Todo salió fenomenal, incluso mejor de lo esperado pues comenzó a hablar muy pronto. Pero la alegría duró muy poco. Ese mismo día no sé si un trombo, una problema nervioso o qué, pero le dió una parálisis cerebral que hace que no pueda conducir, trabajar o vivir su vida sola. Su cerebro hacía que fuese en diagonal cuando lo que quiere ella es ir recto. Para poder moverse con normalidad tiene que ir agarrada al hombro de otra persona. Parece una tontería, pero eso la incapacita incluso para trabajar en una oficina, ya que no siempre está una persona sentada. Necesita ir a algún despacho, ir y venir del trabajo a casa, ir al servicio. Necesita a alguien en casa para cocinar, para vestirse, para todo.

Su madre era paciente del IVO desde el año de su inauguración y sonreía en todo momento cuando hablaba de sus hijas o de ella. Siempre tenía una palabra amable para las enfermeras, para sus hijas, para mi... Pero tenía una gran preocupación y era qué iba a ser de su hija cuando ella ya no estuviese. Porque su hija necesitaba siempre alguien al lado. La otra hermana tenía su vida, su trabajo, y cuidaba de su hermana todo lo que podía, pero no podía dedicarle las 24 horas del día. Y aún así, no dejaba de sonreir.

Cuando le dieron el alta, vino otra señora que creo que se llamaba Adela. Esta señora tenía cinco hijos a los que había criado ella sola ya que su marido murió (no sé de qué) muy joven. Reconozco que no le hice mucho caso a esta señora porque fueron días muy duros para mí (nadie me decía lo que me pasaba, me raparon el pelo, no podía respirar bien por la cantidad de líquido que tenía en el abdomen...). Ella también sonreía siempre, y además me dió una lección de humildad. Una de las hijas me vió en el hospital en otro ingreso posterior y poco antes de que la metieran en el quirófano se presentó en mi habitación para decirme hola y preguntarme cómo estaba.

Conclusión: aún me quedan muchas cosas por aprender en lo que me queda de vida.


GRATOS RECUERDOS DE MALOS MOMENTOS

Hace tiempo que quería hacer esto y nunca encontraba el momento o la forma de expresarme. Creo que ahora es el momento de empezar, aunque no tengo clara la forma..
 
Durante estos dos años y medio largos han pasado por mi vida personas que vivían una situación como la mía, peores o al menos diferentes. Personas a las que cojes cariño mientras estás con ellas, pero con las que no mantienes el contacto, de forma que así te proteges de las malas y de las buenas noticias. Las malas noticias entristecen; cualquiera de ellas puede pasarte a ti. Y las buenas noticias alegran, como no, Sólo faltaría eso. Pero a la vez crece en el interior un sentimiento de envidia. Un gran "por qué no me pasa a mí", o un "yo llevo más tiempo", o "yo me lo merezco más". Pero nada de eso es correcto. No depende del tiempo que estés metida en el ajo, ni del esfuerzo que pones en curarte y obedecer a los médicos, o porque seas tú. Tampoco es una lotería. Creo que ni siquera los médicos saben lo que es o por qué es.

Cada persona que conocí, tanto mujeres enfermas como sus acompañantes, tenían una historia detrás y creo que merece la pena hacerles un hueco aquí, tanto si han superado la enfermedad como si no, si eran de una manera o de otra, me cayesen mejor o peor. Hay historias entrañables, divertidas, deprimentes o curiosas. Y quiero recordarlas porque de todas ellas he aprendido algo y espero que esas personas hayan aprendido algo de mí.