UN PEQUEÑO ADIOS

El jueves de la semana pasada, el día después de la huelga general del 15 de noviembre, mi tío se murió. Se murió, así, con un pronombre reflexivo. Se murió a sí mismo. Se apagó por la noche después de cenar, ver la tele e irse a dormir.

No me gustan otras formas de decirlo. Falleció es muy impersonal y distante. Faltó me parece incorrecto. No faltó, estaba allí. No faltó el respeto a nadie. No dejó de acudir a ningún lado. No estaba ausente, estaba presente. Las personas se mueren, salvo que se suiciden o las maten.

Realmente no pasé demasiado tiempo con él a partir de la adolescencia; no por nada si no porque tampoco es que seamos una familia con mucha tendencia a verse con regularidad. Sé que nació en Vejorís, un pueblo de 140 habitantes del interior de Cantabria (al que dedicó un libro) y cuna de Francisco de Quevedo. Toda la vida le conocí con poco pelo, pero he visto alguna foto de cuando era chiquitín con unos tirabuzones rubios y creo que le sacaban en el Belén del pueblo como Niño Jesús (está bien una sonrisa en estos momentos).

Fumador empedernido durante casi toda su vida y mal comedor, aunque de gustos refinados (aún recuerdo el sabor de los caracoles y del queso de Gruyere). Poco amante del deporte, salvo de los partidos de futbol en la televisión o en algún bar con mis padres y mi tía, y con alguna cervecita.

Se quedó a una asignatura para licenciarse en Filosofía y Letras, ya que en aquella época si alguien se colocaba en algún puesto de trabajo dejaba los estudios de lado. Pero no por ello abandonó lo que le gustaba, pues fué un gran estudioso de Miguel de Unamuno, su vida y su obra.

Creo que fue de esas personas discretas que igual que han vivido se han muerto. No creo que haya más que decir, salvo que... en fin... yo firmaría donde fuese por tener un final así.



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