LABORES PARA BEBÉS

Babero de vaca con moscas


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Mantita para Gonzalo
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Mantita para Héctor


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Mantita para Belén


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Mantita para María



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Bolsita para lavanda

PLAID PARA SOFÁ


EL MIEDO ES LIBRE...

El miedo es libre, pero hace esclavos a sus compañeros de viaje. Miedo al dolor, miedo al futuro; miedo a que algo que en teoría es para bien, salga mal. El miércoles me voy a someter a una intervención de rutina (un catéter doble jota, entre riñón y vejiga) que hará que mis dolores de espalda mejoren. Se supone que es para bien, pero hay una cierta posibilidad de que no sea tan fácil ni tan rutinaria y acaben pinchando por la espalda y dejando una bolsa de drenaje. 

Pues de esa ligera posibilidad se alimenta el miedo, coge fuerzas y somete mi voluntad hasta el punto en el que me asusta que llegue la noche o la hora de comer que es donde los dolores son más fuertes. Es triste, pero es así. Y además hace que me angustie con la posibilidad de que el fin de mis días sea así, con dolor y sufrimiento hasta el final; sin consuelo ni paz, sin posibilidad de evitarlo...

QUICK SIEMPRE SE COME LAS PINZAS...



Quick llegó a nuestra casa hace poco más de un año. Es un perrito de raza shihtzu, muy simpático y cariñoso y también un trasto. ¿Por qué? Porque no se puede quedar solo en la terraza cuando hay ropa tendida. Tira de ella, quita las pinzas y se las come. Da igual que sean de plástico o de madera. Afortunadamente la parte metálica la deja.

El miércoles víspera de Jueves Santo, me di el correspondiente madrugón para ir al hospital: analítica, consulta... Ese día tenía el añadido de revisión ginecológica y resultado de TAC. Hay que ver cómo puede llegar una persona a acostumbrarse a todo, pero siempre voy acompañada de Fernando en esos días en los que hay que escuchar ciertos resultados. Y de la misma manera que me he acostumbrado a vivir con mi vida, con el cáncer, con la quimioterapia, con las transfusiones, con los cambios de humor he intentado no hacer caso de ciertas sensaciones y mucho menos hablar de ellas para no oír aquello de "no adelantes acontecimientos", "¿ves cómo no era nada?", "es que te llevas unos sofocones por nada...", "en eso ni pienses", y un largo etc.

Aquél miércoles no fue como otros miércoles; ni por asomo. Cuando llegué a casa por la noche, muy tarde, con una trasfusión encima y la quimioterapia aparcada hasta nuevo aviso me di cuenta de que llevaba la valentía arrastrando de la cuerda en la que estaba cogida con pinzas. Yo con mi valentía sujeta y bien sujeta y que tenga que venir como siempre Quick a tirar todo al suelo para comerse las pinzas...

(¡Qué suerte tener perro... y echarle la culpa de algunas cosas...!)


MÁS DE CINCO HORAS CON MARIO...

Los miércoles la jornada comienza muy temprano. Hay que estar antes de las 8 de la mañana en ayunas en el hospital de día. Extracción de sangre, hacer cola para que den el cartón con el turno que hay que entregar a las enfermeras de admisión, desayuno e ir haciendo tiempo hasta que a las nueve y media más o menos comiencen a llamar a la gente, pues ya comienzan a dar resultados de analíticas. A partir de ahí no se sabe cuántas horas hay que estar en la sala de espera, pero es un tiempo que da para mucho. La sala de espera es una pequeña aldea donde la gente se relaciona entre sí, consigo mismo o con nadie. El tiempo pasa entre libros. revistas, teléfonos, ordenadores, tablets, consolas, sudokus y sopas de letras. Incluso hacen su aparición labores de ganchillo, punto de cruz o lana.

En un pasillo vi por primera vez a Mario con Marga, y en una sala de espera comenzamos a hablar. Unas veces estaba Marga, otras estábamos solos; un par de veces estuvimos con su madre y su hermana. Otras veces se mantenía a una distancia prudencial, y yo suponía que prefería estar tranquilo y lo respetaba. Nos enseñábamos fotos, intercambiábamos libros digitales, recetas de cocina o nuestro día a día.

Mario es un hombre tranquilo y formal con muchas ganas de divertirse. Un día me contaba que cada día se levantaba a las seis de la mañana, se arreglaba, daba de comer a las gallinas, y a una hora determinada despertaba a Marga y le hacía el desayuno. Comenzaban el día juntos y tranquilos. Habla mucho de Marga, y cuando lo hace siempre sonríe porque visualiza cada cosa que dice. Le gusta ella, le gusta lo que hace y cómo lo hace y admira su sentido de la justicia.

En un momento de su vida, con los hijos ya mayores y contento y centrado en su trabajo, decidió ponerse a estudiar... y su código genético enloqueció truncando sus expectativas. El ser humano está convencido de que es el dueño de su cuerpo y puede hacer con él lo que quiera, pero está muy equivocado. Cada una de nuestras células lleva un mecanismo minúsculo dentro que domina nuestra vida y son tan ladinas y taimadas que nos dejan creer lo contrario. Pero Mario tomó en ese momento una sabia decisión: se buscó un nuevo trabajo que consistía en estar lo mejor posible y dedicarse en cuerpo y alma a su familia. Y sé que lo hizo bien.

Por mi parte, yo soy un poco (o mejor dicho, muy) descreída y soy consciente de que quién no busca no encuentra. Prefiero que no haya nada más después de la vida si eso supone estar viendo durante toda la eternidad lo que pasa en el mundo sin poder hacer nada por arreglarlo. No quiero ver sufrir a más gente, conocida o no; ya he tenido bastante. Pero una cosa te digo, Mario: si encuentras por ahí afuera algo que merezca la pena, coge un buen sitio para seguir con el trabajo que tan bien empezaste aquí.

PD: Un día que estábamos desayunando en la cafetería se acercó a saludarnos Salva, uno de los médicos de Atención Domiciliaria del hospital. Cuando nos comentó que no sabía que nos conociésemos Mario dijo: "¡Sí! ¡Somos amigos!", yo me sentí muy orgullosa... y cometí el error de no decírselo...