MÁS DE CINCO HORAS CON MARIO...

Los miércoles la jornada comienza muy temprano. Hay que estar antes de las 8 de la mañana en ayunas en el hospital de día. Extracción de sangre, hacer cola para que den el cartón con el turno que hay que entregar a las enfermeras de admisión, desayuno e ir haciendo tiempo hasta que a las nueve y media más o menos comiencen a llamar a la gente, pues ya comienzan a dar resultados de analíticas. A partir de ahí no se sabe cuántas horas hay que estar en la sala de espera, pero es un tiempo que da para mucho. La sala de espera es una pequeña aldea donde la gente se relaciona entre sí, consigo mismo o con nadie. El tiempo pasa entre libros. revistas, teléfonos, ordenadores, tablets, consolas, sudokus y sopas de letras. Incluso hacen su aparición labores de ganchillo, punto de cruz o lana.

En un pasillo vi por primera vez a Mario con Marga, y en una sala de espera comenzamos a hablar. Unas veces estaba Marga, otras estábamos solos; un par de veces estuvimos con su madre y su hermana. Otras veces se mantenía a una distancia prudencial, y yo suponía que prefería estar tranquilo y lo respetaba. Nos enseñábamos fotos, intercambiábamos libros digitales, recetas de cocina o nuestro día a día.

Mario es un hombre tranquilo y formal con muchas ganas de divertirse. Un día me contaba que cada día se levantaba a las seis de la mañana, se arreglaba, daba de comer a las gallinas, y a una hora determinada despertaba a Marga y le hacía el desayuno. Comenzaban el día juntos y tranquilos. Habla mucho de Marga, y cuando lo hace siempre sonríe porque visualiza cada cosa que dice. Le gusta ella, le gusta lo que hace y cómo lo hace y admira su sentido de la justicia.

En un momento de su vida, con los hijos ya mayores y contento y centrado en su trabajo, decidió ponerse a estudiar... y su código genético enloqueció truncando sus expectativas. El ser humano está convencido de que es el dueño de su cuerpo y puede hacer con él lo que quiera, pero está muy equivocado. Cada una de nuestras células lleva un mecanismo minúsculo dentro que domina nuestra vida y son tan ladinas y taimadas que nos dejan creer lo contrario. Pero Mario tomó en ese momento una sabia decisión: se buscó un nuevo trabajo que consistía en estar lo mejor posible y dedicarse en cuerpo y alma a su familia. Y sé que lo hizo bien.

Por mi parte, yo soy un poco (o mejor dicho, muy) descreída y soy consciente de que quién no busca no encuentra. Prefiero que no haya nada más después de la vida si eso supone estar viendo durante toda la eternidad lo que pasa en el mundo sin poder hacer nada por arreglarlo. No quiero ver sufrir a más gente, conocida o no; ya he tenido bastante. Pero una cosa te digo, Mario: si encuentras por ahí afuera algo que merezca la pena, coge un buen sitio para seguir con el trabajo que tan bien empezaste aquí.

PD: Un día que estábamos desayunando en la cafetería se acercó a saludarnos Salva, uno de los médicos de Atención Domiciliaria del hospital. Cuando nos comentó que no sabía que nos conociésemos Mario dijo: "¡Sí! ¡Somos amigos!", yo me sentí muy orgullosa... y cometí el error de no decírselo...











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