ANÉCDOTAS VERÍDICAS

LA HIPOCONDRIA PSICOSOMÁTICA DE MI PADRE

Terminamos la cena de Nochebuena y mi padre, con gran seriedad y preocupación, nos dice a mi madre y a mí:
- Tengo que contaros una cosa muy rara que me ha pasado. Cuando estaba paseando al perro por el parque ha comenzado a pasarme algo en un pie. De repente veo un agujero en el calcetín y tengo una herida en la planta del pie.
A lo que mi madre comenta, como si fuese lo más normal del mundo: - Entonces eso es del ácido de una bateria!!!
- ¡Pero si yo no he andado para nada con el coche! Además olían mucho a gambas el pie y el calcetín.
- ¡Cómo que olía a gambas?
Y ahí comento yo, cual listilla y puesta en el tema:
- Hombre, a lo mejor tenían algo de ácido bórico que está prohibido, pero imagina que si han hecho eso en un calcetín lo que pueden hacer en un estómago...(hay que decir que mi padre había estado pelando las gambas para la crema de marisco que mi madre iba a cocinar para la cena).
- ¡Ya me parecía a mí que las gambas hacían mucha espuma al freirlas en la sartén! ¡Pues voy a tener que tirar la crema de marisco! ¡Menuda faena!- Ras!!! La crema de marisco a la basura junto con las gambas peladas para hacer al ajillo...
A partir de aquí todo fue una auténtico coñazo por parte de mi padre; que si me encuentro mal, no sé si tomar un vaso de leche, qué hago, ¿vosotras estáis bien?...
Ya llegó un momento en el que me olí que nos iba a dar la noche. - Mira, o te callas, o potas o te vas a urgencias. Pero no des más la lata porque esto no puede ser, y ya está.
A la mañana siguiente viene mi madre a la habitación despepitada de la risa. Mi padre se había levantado repitiendo la misma monserga, que no se encontraba bien, que tenía la tripa revuelta, con diarrea y angustia, con tal y cual y pascual. Otra de las teorías que se le habían ocurrido en la vigilia nocturna era que como le estaban los zapatos algo grandes y se le salían le podía haber cagado un pájaro dentro del zapato y como ya se sabe que es tan corrosivo...
Se pone mi madre a mirar el zapato en cuestión y ve un clavo como un piano culpable de la dichosa nochecita de marras y que aún no sabemos como no se le clavó y le dió un tétanos.

¡Y A LOS DIEZ AÑOS RESUCITÓ! (para horror de muchos vecinos.

- ¿Te has encontrado en la escalera al Vevo? - esa fue la pregunta con la que me recibieron en casa aquél miércoles a mediodía, a la vuelta del trabajo. Parecía una pregunta como otra cualquiera cuando no se conoce al personaje en cuaestión y no se sabe que había fallecido diez años atrás. Pero esa era la realidad y de ahí la perplejidad que se reflejó en mi cara.
- ¿Cómo dices?
- Qué si te has encontrado con el Vevo.
- ¡Pero cómo me voy a encontrar con él si hace diez años que se murió!
- Pues está en su casa.
- Bueno, bueno. Será el hijo que siempre se le ha parecido mucho.
- También; también ha estado ahí con él.

Yo ya no entendía nada. Aquella conversación era completamente subrealista; no tenía ningún sentido... aparente. Pero sí. Sí que lo tenía.

Los hechos sucedían en una calle sin salida pero con bastante movimiento al ser perpendicular a una avenida principal. Además tenía sucursales bancarias en ambas esquinas, un bar grande al fondo, un almacén de materiales de construcción así como varios negocios y oficinas en pisos con salida directa a la misma calle. La noche anterior mi madre había sido avisada por otra vecina de que la viuda del Vevo (es decir Veva, cuyo nombre real era Genoveva y por lo tanto lo del difunto era un alias) había sido ingresada en el Hospital de Aire por un fallo renal y que era posible que ya no se recuperase. En la visita que hicieron al hospital coincidieron con la familia de la enferma y oyeron cómo hacían cometarios varios; comentarios que en esos ambientes cuando alguien está allí por compromiso y sin ser directamente afectado, se cogen al vuelo. Parece ser que el hijo decía que tenía que trasladar al padre a Avila pues scómo habían pasado diez años desde el fallecimiento llegaba el momento de exhumar los restos, pero que visto cómo estaba el tema, iba a esperar a ver que pasaba, pues si se llevaba a los dos le salía más barato y sólo hacía un viaje.

La sorpresa fue verle llegar al día siguiente a las diez de la mañana en coche. Preguntó al encargado del almacén de materiales que si le ayudaba a subir un bulto a casa. Como se conocían desde pequeños la contestación inmediata fue que sí. Más si su alma lo sabe jamás hubiese accedido. Así, una persona tremendamente aprensiva y supersticiosa, se encontró sacando del coche y subiendo a un primer piso ni más ni menos que un féretro. Como suena, un féretro de tamaño natural que llevaba dentro los restos del finado... y allí lo dejaron, sin más, en el piso. Muy educado, el hijo del Vevo dió las gracias y se marchó a trabajar, mientras el encargado del almacén entró en el bar a tomarse un coñac.

No hace falta comentar que el asunto fue comentado durante todo el día por los vecinos de la calle, y parte de la noche. Parecía que el espíritu de aquél pequeño militar que tocaba la flauta travesera en la banda del Ejército de Tierra hubiese venido a llamar a las puertas de todos aquellos que le habían conocido. Las niñas que vivían en el piso de encima estaban aterrorizadas, pero aún más su psdre, que durante su niñez y parte de su adolescencia se había dedicado a fastidiar la vejez del flautista militar.

De ventana a ventana y de balcón a balcón los comentarios eran "no hay derecho que tengamos que aguantar esto", "estoy por irme a dormir a casa de mi madre", "oye, ¿esto empezará a oler?", "pues el perro cuando pasa por la puerta se para y husmea, "por Dios, ¿qué miedo!"...

Con la llegada de la noche, la angustia creció y a alguien se le ocurrió llamar a la policía, contando los hechos y añadiendo que se oían unos ruidos muy raros en la casa e incluso pasos. Con tanta revolución lo que se terminó constatando era que el féretro se encontraba en el piso y además de forma legal a la vista de los papeles que presentó el hijo del finado, ya que es difícil sacar del Cementerio de la Almudena un atúd debajo del brazo a las 9:30 de la mañana Y la que se llevó un susto de muerte fué la vecinita del primero, que llegaba a su casa muy feliz después de haber estado celebrando su dieciocho cumpleaños y se encontró con ocho policías monumentales a oscuras en el portal. Algo que a otra edad hubiese sido una alegría para la vista e iluminado un sombrío día.

AQUÉL GATO

Aquél día fue a trabajar a la clínica de Maribel. Era una de esas pequeñas clínicas veterinarias del centro de la ciudad, pequeña y con ese aspecto que dan el paso de los años a los locales que no se reforman. Por los sucesos de los últimos meses podría decirse que emanaba cierta tristeza de sus paredes.

Maribel pertenece a otra generación de veterinarios. Veterinarios vocacionales en sus orígenes que se dividieron en dos ramas: la del amor a los animales y la del negocio puro y duro. Ella había escogido la primera, y por ello su corazón sufría enormemente con determinadas actividades que por ley de vida corresponden a esta profesión, como es el caso del sacrificio de un animal.

Aquel gato se encontraba en un domicilio cercano, tirado en una alfombra, acartonado de puro viejo y acompañado de su dueña que no tenía menos edad que su mascota, al compararlos. Bueno, eso de su mascota era un decir. Aquél animal estaba allí como podía pasar una mosca, posarse un gorrión en un aligustre o llegar un gusano en una lechuga del mercado. Su marido lo había traído de una carbonera y nunca le había faltado comida, agua, o arena para sus necesidades fisiológicas, pero si lo habían acariciado alguna vez en quince años fue pura casualidad. Y es que es cierto que hasta para nacer gato hay que tener suerte.

Depositó profesionalmente su maletín en el suelo, sacó el fonendo y lo auscultó. Tras una somera inspección general del animal corroboró la decrepitud del mismo y procedió a sacar el eutanásico, la goma de compresión, pinza de mosquito, jeringuilla, aguja... y nervios.

La dueña no cesaba de hablar, hablar y hablar. Contaba la historia del gato y de lo que iba a pasar después o lo que ella suponía que podía pasar después. Llegada una determinada edad la gente comienza a hablar de la muerte con una naturalidad espantosa.

- Bueno, hija. Yo prefiero no verlo. me voy a la cocina y cuando hayas terminado me llamas.

Terminado el trabajo, de forma rápida y tranquila, se acercó a la cocina, mirando hacia atrás y sintiendo cierta aprensión de dejar el cuerpo del gato tirado en aquella alfombra.

- Señora, ya he terminado. se ha dormido enseguida y muy tranquilo. Si me da una bolsita, lo meto dentro y me lo llevo.

- Ay! No, no. Si el gato se queda aquí, que ya se lo lleva mi marido a la tarde.

Mientras lo metía en la bolsa con publicidad de un supermercado de la zona, aquella pequeña mujer seguía hablando:

- Pues ahora dejaré al gato en la cocina con la bolsa abierta. Siempre pienso que algún día me moriré y ...¡mira que si no estoy muerta y me entierran viva! Así que voy a dejar la gato al lado de sus cosas todo el día no vaya a ser que resucite...

La angustia de la situación y la mala imagen que podía venir posteriormente se agarró al estómago de aquella pobre veterinaria. a la auscultación con el fonendo no distinguía ya los latidos del corazón suyos o los del gato. Hizo un poco de tiempo hasta que la temperatura del gato descendió y aún así no estaba muy segura.

Cuando salía por la puerta y miró hacia la cocina, su retina quedó impresionada por la imagen. El gato en un barreño de plástico azul, como dormido, mientras aquella anciana seguía rebozando pescado al son de una copla radiofónica.

MAYO 1998

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