MI VIDA CON EL CÁNCER.

Todos sabemos que está ahí. Todos sabemos que nos puede tocar, pero muy de lejos; tal vez no pase nunca. Eso sólo les pasa a otros. Y un buen día te levantas como otro cualquiera... y ya nada es igual. Como cuando una ola te da un revolcón en la playa y cuando te enderezas no sabes dónde estás. Y así continúas durante varios días en los que visitas médicos, te hacen pruebas y más pruebas, te explican tratamientos y dan estadísticas... o no. Para qué, si siempre fallan. Son malas.

Amigos y familiares hacen todo lo posible por animar, por hacerte reir, por acompañarte. Y no se ve nada más que esa palabra en el horizonte. Cáncer, cáncer, cáncer. Quimioterapia, radioterapia, pañuelos en la cabeza, náusea, vómitos, malestar. Y llorar, llorar y más llorar; hasta gritar de angustia. Y un día te despiertas y te das cuenta de que te encuentras bien. Hay que pasar por un tratamiento, pero no duele nada. Estás enferma pero no lo notas. Comienza el tratamiento y todo va bien. Vuelven las ganas de vivir y de divertirse. Todo va a volver a ser como antes.

Pero no. Ya nada va a volver a ser como antes. Siempre iré acompañada unas veces con el miedo y otras con la incertidumbre de encontrártelo a la vuelta de la esquina. Y aún sabiendo que lo voy a encontrar, siempre me llevo el susto. Pero una cosa es verdad. Ese susto cada vez dura menos. El llanto es cada vez más corto y las ganas de salir adelante y pasarlo bien son mayores.

Y ahí es donde estoy ahora. Mi mente y mi cuerpo han sido sometidos durante ocho meses a tal sufrimiento psíquico y físico que ahora disfrutan de cada día que se encuentran bien. Mi mayor deseo es vivir lo más y lo mejor posible.

Esta enfermedad tan molesta ha hecho que haya conocido a mucha gente en el camino o me haya encontrado con otros que ya conocía. Me he llevado muchas sorpresas, todas ellas agradables, de personas solidarias que quieren compartir su experiencia conmigo. Es gratificante que alguien me llame o me escriba para pedirme ayuda. En ese momento es cuando merece la pena gran parte de lo pasado. Porque, como me dijo una vez una amiga, no se sabe quién obtiene más beneficio, si el que ayuda o el ayudado.

CORRESPONDENCIA

En la primera fase de la enfermedad, después de la primera operación en diciembre de 2009 y con la radioterapia, apenas hubo correspondencia sobre ella. Mucha gente no sabía nada y por lo que me habían comentado los médicos me tenía que someter a un protocolo de oncología simplemente por prevención. Las comunicaciones eran por teléfono o en la barra de una bar con un aperitivo o en casa. No había mucho que decir. En la segunda y horrible fase, es decir, la primera recaida tres meses después apenas me dió tiempo a enviar comunicados. Ni tiempo ni fuerzas para ello. Fueron ocho meses duros de malestar, dolor y deterioro tanto físico como mental.
He de decir que mis amigos nunca me dejaron en todo ese tiempo. Llamaban, venían a Valencia, me acompañaban como podían. Por distintas causas, la familia estaba lejos y hacían lo que pensaban que era mejor. Eso sí, cuando la cosa ya se puso fea no me faltó nunca una mano que me ayudara.

Pasado ese tiempo y un poco recuperada comencé a darle vueltas a ver como podía ayudar a otros en mi misma situación y comenté en el IVO (Instituto Valenciano de Oncología, hospital en el que me han estado tratando desde enero de 2010) que si alguna vez hacía falta que le explicara cosas a algún enfermo o familiar sobre mi experiencia, que me llamaran. Nunca me han llamado, pero yo sé que hubiese agradecido en el alma que alguien que hubiese padecido algo similar me hablase de ello. Nunca he dudado de la profesionalidad de médicos y enfermeros (bueno, ejem, casi nunca, que de todo ha habido), pero si es cierto que la teoría en estos casos dista mucho de la práctica y el manejo de una fístula enterocutánea como la mía era muy difícil, pero al final se consiguió. Pues eso es lo que yo quiero trasmitir. Que por muy duro que sea, se puede conseguir; trasmitir que yo lo conseguí cuando no daban un duro por mí y cuando se sumaban cosas que ponían trabas a ese logro (hemorragias, trombosis venosas, malnutrición).

Entonces fué cuando por mediación de mi buena amiga Irene se puso en contacto conmigo Marta M. a la cual habían diagnosticado cáncer de mama en esos momentos e iba a comenzar el tratamiento de quimioterapia. Le conté algunas cosas y a la vez comenzó también a mandar correos multitudinarios a sus amigos y conocidos dando el parte médico correspondiente.

No sé si servirá de algo o a alguien, pero aquí transcribo parte de la correspondencia que le envié y no pondré los de ella, ya que no le he pedido permiso.


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